Pero ahora, ya no me causa expectación alguna la lluvia. Y no, no siento tristeza. Porque eso, implica un cambio en mi vida, un cambio en mí.
Implica que he crecido y madurado, y puede que ya no me guste jugar en los charcos,pero me encanta oír la lluvia desde mi habitación y ver las gotas deslizarse por el cristal de mi ventana.
Viendo esto, escuchando de fondo el viento silbar como solo él puede hacerlo, me di cuenta de que ya no soy la misma de antes.
¿Tristeza? No... puede que un poco de miedo escondido tras mis ojos y bajo mi piel. Pero el cambio, nos adapta a las nuevas situaciones y esto nos hace capaces de afrontar todo lo nuevo y mucho más que aún queda por venir.







